Insecticidas y acaricidas químicos: tipos e historia

El sufijo latino cida en el castellano significa «matador» o sea se refiere a algo que mata, por lo tanto un «biocida» es una sustancia que se emplea para matar organismos vivos. Dentro de ese contexto, los plaguicidas son sustancias que se utilizan para eliminar plagas y donde encontramos a los rodenticidas (matan roedores), nematicidas (matan nemátodos), molusquicidas (matan moluscos) y los avicidas (matan aves), entre otros.

Los insecticidas son formulaciones destinadas a matar insectos y los acaricidas se emplean en   la lucha contra ácaros.

El producto ideal es el que atenta sólo contra la vida de las plagas, pero esta propiedad tan codiciada no se da en casi ningún caso. La intensificación de cultivos, la aparición de cepas resistentes, etc., han hecho que el hombre haya buscado productos cada vez más tóxicos, esto lleva consigo la aparición de toxicidad, en algunos casos mortal para el hombre, los animales y hasta la propia planta. Suele utilizarse de modo inexacto el término pesticida para mencionar a los plaguicidas.

Condiciones ideales de un insecticida

– Especificidad. El producto sólo afecta a la especie que ocasiona daño, dejando indemnes al resto de seres vivos.

– Baja toxicidad. En humanos el producto reviste un bajo riesgo de intoxicaciones agudas frente a exposiciones a bajas dosis. Esta propiedad se extiende para resto de fauna benéfica o neutra.- Baja dosis letal. El insecticida es efectivo en poca cantidad.

– Bajo costo.

– De característica latente: el insecticida permanece en el lugar durante un período de tiempo suficiente para matar a la plaga, pero no es persistente es decir debe degradarse sin generar subproductos tóxicos.

Clasificación según su origen  

– Orgánicos: contienen carbono en su composición química.  – Inorgánicos: no contienen carbono.

– Naturales: neem (azidarachtina), piretro, nicotina.

– Naturales/artificiales: piretroides, piretrinas, nicotinoides.

– Biológicos: entomopatógenos (bacterias, virus), depredadores (dípteros, coleópteros) y parasitoides (pequeños himenópteros).

Mecanismo de acción

Los diferentes insecticidas pueden intervenir sobre cada uno de los estados de desarrollo del artrópodo, por lo tanto pueden ser ovicidas, larvicidas y adulticidas en cuanto eliminen huevos, larvas o adultos respectivamente. Estos venenos necesitan cierta dosis y determinado tiempo para acabar con sus víctimas de forma que para todos hay una dosis mínima que mata más rápido, lo que significa que por encima de ella se perderá producto, por debajo la acción es más lenta o inefectiva y precursora de resistencias.

La forma más habitual de funcionamiento es mediante la inhibición de enzimas vitales.   Los insecticidas pueden llegar e introducirse en el insecto por:

– Contacto, al depositarse el producto sobre el insecto y penetrar a través de la cutícula.

– Ingestión, a través del tracto digestivo, al alimentarse de líquidos o sólidos que contienen el producto.

– Respiración, desde el aire a través de la cutícula o espiráculos.

Muchos insecticidas modernos actúan por contacto y por ingestión. Al ser aplicados en una planta penetran hasta los tejidos conductores y desde ellos a todo el vegetal: son los llamados insecticidas sistémicos. De esta forma aunque el producto al aplicarse no alcance toda la planta, no cubra toda su superficie o no caiga sobre los parásitos, cualquier parte de la planta se convierte en venenosa para el insecto que la come. Los insecticidas no sistémicos matan bloqueando las vías respiratorias, envenenando al artrópodo, pueden dejar de comer o impedirse la metamorfosis; en todos los casos implica la muerte.

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                                   Aplicación terrestre                                     Aplicación aérea

Historia

El hombre primitivo se alimentaba de hojas, semillas, frutos y de la caza de animales salvajes. Pero por necesidades alimentarias destruyó los ecosistemas heterogéneos y estables, para destinar esos espacios a la agricultura: los agrosistemas son inestables, homogéneos (grandes extensiones dedicadas a una sola especie), donde se necesitan fertilizantes, riego artificial, tratar las malezas y manejar plagas.

Así hace unos 10 mil años se comenzó a generar una nueva perturbación ambiental, esta vez de origen antrópico. Cuando se hace referencia a tal alteración del medio, se pretende indicar que bajo condiciones naturales todo ecosistema se mantiene en un estado equilibrado donde podemos encontrar millones de microorganismos y organismos vivientes como virus, bacterias, hongos, vegetales de todo tipo, nemátodos, lombrices, ácaros, reptiles, anfibios, pájaros, roedores, insectos, etc.

Desde luego no se pretende hacer aquí una fundamentalista defensa de los recursos naturales y el ambiente, ya que tales actitudes estaban solo sustentadas por los requerimientos alimentarios de aquellos pueblos que comenzaban a establecerse en sitios fijos.

Datos disponibles indican que por el año 7000 a. C. se sembraron los campos mesopotámicos para producir frutas, verduras, cebada y trigo. Cuando se inició el desarrollo de los cultivos comerciales en gran escala, comenzaron a aparecer dificultades como la llegada de plagas insectiles, principalmente orugas y langostas. Se observa entonces un fenómeno originado por la competencia entre el hombre y otros animales que pretenden los mismos alimentos; se trata de una lucha continua que durará mientras sobreviva alguna de las partes, aunque pretendamos establecer una cierta hegemonía.

En un principio los métodos de combate fueron muy sencillos, básicamente mecánicos, pero resultaban insuficientes en la mayoría de las ocasiones. Con el transcurrir del tiempo el hombre aprendió que ciertas prácticas culturales, como la destrucción de malezas o la quema de plantas enfermas, podían ser la solución de puntuales problemas y observó que los pájaros, los reptiles y otros organismos al  alimentarse de insectos, ejercían un control natural de los mismos.

Según Homero, en el año 1.000 a. C. se utilizaba azufre para repeler a las plagas de los árboles, considerándose a sus propiedades como sobrenaturales. En el año 470 a. C., Demócrito recomendaba rociar las plantas con un líquido originado en el aceite de oliva para detener el ataque de orugas. Marco Porcio Catón (Catón el Viejo), en el año 200 a. C., propone una combinación de alquitrán con azufre hirviendo para la protección de las vides y en el 79 a. C. Gayo Plinio Segundo (Plinio, el Viejo) usó arsénico como insecticida.

En el Siglo XVI, los chinos empleaban productos arsenicales como insecticidas y poco después, empezó a usarse la nicotina extraída del tabaco. El primer éxito de lucha química se remonta al año 1763 cuando se controlaron los pulgones de los frutales por aspersión de jugo de tabaco.

En Europa a principios del Siglo XIX se utilizaba ceniza, azufre, cobre, compuestos arsenicales, tabaco molido, cianuro de hidrógeno, compuestos de mercurio, zinc, fósforo y plomo para combatir insectos; además el caldo bordelés, un producto que combina sulfato cúprico y cal hidratada, se empleaba para luchar contra los hongos. Estos terápicos conforman el grupo de los insecticidas de la 1ª generación, en general muy tóxicos, poco efectivos contra las plagas y muy persistentes en el ambiente (hasta 50 años). Hoy casi no se usan y muchos están prohibidos por su excesiva toxicidad.

Se estima que a partir de 1865 es cuando la utilización agrícola de los productos químicos comienza a tener una aplicación real.

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En 1867 el Verde-París (acetoarseniato de cobre, descubierto en 1808) comenzó a emplearse como insecticida en EE UU para combatir el escarabajo de la papa. En 1900 era usado ampliamente, lo que llevó al gobierno de ese país a establecer la primera legislación local sobre el uso de insecticidas. Unos años después, debido a su extrema toxicidad en mamíferos, se prohibió su uso.

A continuación se comenzó a aplicar el arseniato de calcio para reducir los efectos tóxicos del Verde-Paris y del arseniato de plomo. Todos estos compuestos arsenicales, peligrosos para los mamíferos, son venenos estomacales que al ser ingeridos por el insecto, liberan el arsénico que bloquea la respiración.

También a mediados del siglo XIX se descubrieron las propiedades insecticidas de la rotenona, la nicotina y el piretro, productos de origen vegetal que actúan por contacto. La primera, que se extrae de las raíces de algunas plantas tropicales y obstruye la respiración de los artrópodos; en la actualidad su uso se restringe a la horticultura, pero se degrada con la luz y es nocivo para peces, aunque inocuo para animales de sangre caliente. También se usó en el control de garrapatas y otros ectoparásitos del ganado ovino y bovino. La nicotina es un alcaloide tóxico poco efectivo en climas fríos, que es absorbido por las raíces de las plantas, transportado por el xilema y distribuido por todo el vegetal. Sus propiedades sistémicas hacen que los insectos que coman partes de las plantas o se alimenten de la savia, resulten intoxicados y mueran. El piretro, combinación de varios terápicos llamados piretrinas, actúa sobre el sistema nervioso de insectos voladores y se extrae de las flores del crisantemo Crisantemun cineranefolium cultivado en Kenia, Irán, Japón, Ecuador y Nueva Guinea. Tiene baja persistencia porque es inestable a la luz y al aire, no deja residuos tóxicos, es inofensivo para mamíferos y se lo utiliza para combatir plagas de depósitos, silos, viviendas e industrias. Los piretroides más comunes son: cialotrín, deltametrina, permetrina, cipermetrina, sifutrina.

Junto con los insecticidas descriptos se emplearon productos minerales, principalmente sales arsenicales a base de cobre, mercurio, plomo y zinc contra el escarabajo del algodón (Anthonomus grandis [?]), la filoxera (Dactylosphaera vitifoliae, un insecto hemíptero parásito de la vid) y otras plagas agrícolas. Se usaron hasta la segunda década del siglo XX, momento en el que por medio de los nuevos métodos de química analítica se comprobó que las frutas y verduras tratadas con insecticidas inorgánicos, producían alguna toxicidad en quienes las ingerían.

Alrededor de 1870 se empezó a usar el formaldehído contra chinches y otras plagas de cítricos, pero posteriormente fue prohibido por su alta peligrosidad.  En 1886 se detectó el primer caso de resistencia al ácido cianhídrico en las cochinillas de los cítricos.

Con la llegada del siglo XX y el comienzo de una agricultura a gran escala que consistía en destinar grandes extensiones a los monocultivos, se registra una explosión de plagas desconocidas o de poca importancia que comenzaban a quebrantar a los productores que buscaron soluciones diversas para acabar con ellas. Estas explotaciones comerciales estaban relacionadas con las necesidades de la población mundial que crecía a un ritmo acelerado

Durante la segunda guerra mundial fue necesaria la utilización de venenos para la lucha contra vectores insectiles (mosquitos, pulgas, piojos) que transmitían enfermedades como la malaria, dengue, tifus, enfermedad del sueño, etc. y que afectaban a los soldados. También se usaron gases venenosos en los campos de exterminio nazi. Es así como se desarrollaron los plaguicidas orgánicos sintéticos; los aliados occidentales trabajaban en el desarrollo de hidrocarburos clorados, mientras los alemanes hacían lo mismo con los fosforados. Los carbamatos fueron investigados por los suizos a partir del 1940.

Los desarrollos de los plaguicidas son consecuencia de las investigaciones sobre venenos con fines bélicos. Fue así como a la primera guerra mundial se la definió como «guerra química» por el número y multiplicidad de tóxicos empleados.

Las protestas de la década de 1920 aceleraron la búsqueda de productos menos peligrosos y estimularon el uso de alquitrán y aceites de petróleo.

Los primeros insecticidas de síntesis, llamados organoclorados, constituidos principalmente por cloro, hidrogeno, carbono, azufre y oxigeno, se desarrollaron y utilizaron en la década de 1930. Su acción es por contacto, tienen alto poder residual, afectan el sistema nervioso central y periférico de los insectos mediante un complejo proceso de variación en la permeabilidad al sodio y potasio de las membranas de las neuronas, causando un desequilibrio que afecta la transmisión de los mensajes entre las células nerviosas y se provoca excitación, convulsión, parálisis y muerte.

Esos terápicos neurotóxicos de 2º generación, marcaron el comienzo de la era moderna de los plaguicidas que alcanzaría su máximo esplendor cuando un empleado de Geigy, el suizo Paul Müller (1899-1965), descubrió en 1939 las propiedades del diclorodifeniltricloroetano (DDT) por lo cual se le otorgó el Premio Nobel en fisiología en 1948. En 1942 ó 1943 (la bibliografía no es coincidente) comenzó a comercializarse ese producto.

Con el DDT se obtuvieron resultados tan espectaculares que se fantaseó con el fin de la lucha contra las plagas: se redujo la población de piojos trasmisores de tifus al espolvorear a 1 millón de napolitanos en 1944 y en el Lejano Oriente se redujo la mortalidad por paludismo. Así el DDT, símbolo del veneno químico, fue el insecticida más usado en el mundo por su bajo costo de fabricación, amplio espectro y alta persistencia.

Estas esperanzas poco duraron porque en 1947 de descubren en Italia moscas domésticas resistentes a tal plaguicida y en 1950 ya se habían registrado otros casos. Por su bioacumulación y persistencia (vida superior a 20 años), en la década de 1960 su fabricación decayó en un 50%. Los estragos provocados en el ambiente a causa de la utilización del DDT fueron enormes ya que este insecticida es liposoluble o sea que se acumula en la grasa animal provocando trastornos en el hombre, animales, aves, peces. Como su permanencia en el ambiente es larga debido a que es poco biodegradable, en el suelo puede durar hasta 50 años y en la grasa humana de 7 a 8 años. Hasta los años ´60 los esquimales no conocían el cáncer; cuando empezaron a manifestarse repetidos casos de esta enfermedad, los estudios revelaron presencia de DDT en los enfermos..

El descubrimiento del DDT estimuló la búsqueda de otros organoclorados. Uno ellos es el hexaclorocicloexano, cuyo isómero más potente es el lindano (llamado así porque fue aislado en 1912 por Teunis van der Linden): en 1942 se revelaron las propiedades del HCH constituyéndose en un producto más potente que los demás.

En 1945 se descubre la acción insecticida de derivados del ciclodieno, destacándose como los más trascendentales el endrin, aldrin, dieldrin. clordano, heptacloro y toxafeno, quienes junto al HCH  integran la llamada “docena sucia” que reúne a aquellos plaguicidas que más problemas ambientales han generado.

Los productos organoclorados son poco biodegradables y muy resistentes por lo que se acumulan en animales y el ambiente, motivos por los que fueron muy cuestionados en las décadas de 1960 y ´70 y están prohibidos para casi todos los usos en Argentina y en casi todos los países.

En 1962 la bióloga Rachel Carlson, madre del ecologismo moderno, lanzó un grito de alerta al advertir que el DDT y otros clorados también eliminaban organismos benéficos que mantenían el equilibrio de los ecosistemas. Desde su libro «La Primavera Silenciosa» (editado 2 años antes de su muerte), esta escritora estadounidense inició una campaña que culminó en 1973 con la prohibición del DDT en EE UU. Pero recordemos que también había vaticinado una epidemia de cáncer que alcanzaría al 100% de la población; hoy verificamos que esa profecía no se materializó.

Todos estos avances permitieron obtener mejores rendimientos de las cosechas e incluso disponer de excedentes que debían ser almacenados, situación que agudizó el problema de las plagas en los productos ensilados. Este cuadro se complicó aún más con la introducción de plantas provenientes de diferentes zonas o continentes y consecuentemente nuevas especies de insectos y enfermedades. Además los “mejoramientos” para producir mas, sacrificaron la resistencia genética natural.

Las características residuales de los clorados y argumentos ecologistas, lograron desacreditar estos productos, dando nacimiento a una nueva generación de insecticidas: los órganos fosforados,  solubles en agua y de menos acción residual. No obstante para los años 80, ya se había demostrado que los fosforados podían producir daños similares a los que generaban los clorados. Los productos organofosforados, alternativa de los organoclorados, se descubrieron durante la II Guerra Mundial cuando los técnicos alemanes encargados del estudio de materiales diversos, descubrieron y sintetizaron compuestos orgánicos del fósforo. El desarrollo de los insecticidas fosforados se atribuye a Gerhard Schrader, quien trabajaba en Bayer a comienzos de la década de 1930. Esta  compañía química desarrolló el Sarin (GB), Somán (GD) y Tabún, para ser usados en guerra química.

Fueron los primeros insecticidas capaces de ser absorbidos por las plantas y circular por su interior (sistémicos). Estos productos organofosforados bloquean o inhiben la acción de una enzima del sistema nervioso llamada acetilcolinestarasa lo que genera acumulación de acetilcolina en las sinapsis nerviosas, luego que los insectos mastican el vegetal tratado o succionan su savia. A pesar de ser solubles en agua y no acumularse por largo tiempo en el organismo animal, en los mamíferos son más tóxicos que los clorados, ya que la acción es similar a su comportamiento en los insectos al bloquear la transmisión nerviosa. Su permanencia en el organismo animal ocurre entre las 3 y 48 horas, tiempo durante el cual disminuye el nivel de la enzima citada antes, causando trastornos variados. Algunos organofosforados son: paratión (muy tóxico para animales de sangre caliente), diclorvos (muy tóxico para los mamíferos), bromofos y malation (de baja toxicidad).

Todos los insecticidas de este grupo han sido prohibidos en EUA y la Unión Europea, sin embargo una amplia gama de ellos se comercializan en los países en desarrollo.

El uso de esas armas tan poderosas hacía pensar que se podrían controlar y hasta erradicar definitivamente las plagas de los cultivos; los contundentes resultados impulsaron su vehemente empleo casi sin límites instalándose una cultura agroquímica. Poco tiempo pasó para que las plagas se hagan resistentes y haya resurgimientos (fundamentalmente debido a la muerte de sus enemigos naturales, los que son más susceptibles al insecticida que la propia plaga), aparecieran otros individuos nocivos y plagas secundarias, además el ambiente agredido se desequilibra y se pueden encontrar importantes concentraciones de residuos tóxicos en alimentos y el agua.

Posteriormente aparecieron los carbamatos. Estos fueron desarrollados durante la última guerra mundial como gases neurotóxicos y en la década de los años ’50 se formularon para ser usados como alternativa de los organofosforados, cuyo empleo se había incrementado frente a la prohibición de los organoclorados. Además de los carbamatos orgánicos, la sal inorgánica carbamato de amonio es empleada como intermediario químico en la producción de urea a partir del amoníaco y del dióxido de carbono.

Estos productos matan insectos por la inactivación reversible de la enzima acetilcolinesterasa. Los insecticidas organofosforados también inhiben esta enzima, aunque lo hacen de manera irreversible  causando envenenamiento y un síndrome colinérgico mucho más severo.

Existen muchos casos de resistencia de insectos a carbamatos por un uso abusivo de estos insecticidas, pero por otra parte, la resistencia generada por los organofosforados, conlleva resistencia a los carbamatos y viceversa.

Sus características principales son baja estabilidad química y nula acumulación en los tejidos, característica ésta que lo posiciona en ventaja con respecto a los organoclorados de baja degradabilidad y gran acumulación. Es un terápico de contacto de amplio espectro, biodegradable, con toxicidad intermedia para los mamíferos entre clorados y fosforados. Las abejas son muy sensibles a la presencia de carbamatos y además pueden bioacumularse en peces a pesar de ser inestables en el agua. Los carbamatos absorben luz ultravioleta y pueden degradarse por la radiación solar. Union Carbide de EE UU los comercializó en 1956.

Existen muchos casos de resistencia de insectos a carbamatos producto de un uso excesivo. Por otra parte, la resistencia generada por los organofosforados, conlleva resistencia a los carbamatos, y viceversa. Por lo tanto, hay que ser muy prudente a la hora de emplear insecticidas y no sobrecargar el  cultivo con un sólo tipo de terápico químico. Algunos de los carbamatos que han salido al mercado pero actualmente muchos están prohibidos en Argentina y en el mundo, son Aldicarb (integrante de la llamada “docena sucia”), tiocarb, baygon, carbaryl, ethienocarb, fenobucarb, fenoxycarb y carbofurano.

La tendencia actual respecto de los insecticidas es la utilización de productos naturales o productos naturales sintéticos, es decir compuestos naturales de origen pero producidos artificialmente que tienen poca acción residual y no se acumulan en el organismo animal; predominan los insecticidas en base a piretros y nicotina, productos utilizados antiguamente. A la rotenona que también solía usarse, se le atribuye cierta relación con la manifestación de la enfermedad de Parkinson, por lo que se ha dejado de utilizar como insecticida.

Como el uso de plaguicidas se ha convertido en una necesidad, la tendencia indica que el producto sea de origen natural. Algunas plantas disponen de componentes que tienen efectos letales para los insectos, por lo tanto su producción no soporta procesos químicos que afecten la salud ni el ambiente y entre ellos encontramos a los piretroides y nicotinoides. La  actividad insecticida de los primeros se debe a que produce una transmisión continua del impulso nervioso cuya consecuencia son temblores, parálisis muscular (llamado «efecto derribo» o «knock-down») y la muerte. Esta actividad insecticida, que afecta especialmente a los insectos voladores, puede potenciarse al añadir butóxido de piperonilo (BOP) que es un sinérgico que no tiene propiedades terápicas, pero cuando se añade a piretroides la acción de estos químicos es incrementada considerablemente.

Los nicotinoides son insecticidas neurotóxicos obtenidos de la nicotina que penetran por las hojas y raíces de las plantas (acción sistémica) y también operan por contacto. Presentan una modalidad de acción diferente a la de los insecticidas tradicionales, que consiste en el bloqueo de la sinapsis nerviosa al unirse al receptor colinérgico de acetilcolina (Huang et al., 1999; Maienfisch et al., 2001).

Hay otras opciones naturales como azadirachtina, limonelo y los controladores biológicos. El árbol del neem (Azidirachta indica), considerado como un árbol sagrado por culturas orientales, produce azadirachtina, un compuesto inofensivo para los animales y humanos que actúa por ingestión o por contacto y produce la muerte del insecto bloqueando el proceso alimenticio, inhibiendo la reproducción y causando esterilidad; la muerte se verifica entre los 4 y 6 días. También se comporta como regulador del crecimiento al inhibir la ecdisona (hormona de la muda), perjudicando los estados inmaduros (larva, ninfa y pupa) al bloquear el ciclo de mudas y provoca su muerte. El neem no afecta las arañas, las abejas, ni a los depredadores de insectos y es efectivo en la lucha contra ácaros.

El limoneno es un insecticida natural que se extrae de la cáscara de los cítricos, especialmente del limón (Citrus limonum). El uso de este producto está indicado para repeler o matar hormigas, pulgones, cochinillas, cucarachas, moscas, ácaros y avispas; no es tóxico para los humanos ni animales y no afecta al ambiente.

Los controladores biológicos, también denominados bioinsecticidas, son organismos o microorganismos vivos que sirven también para el combate contra insectos perniciosos. Se diferencian de los insecticidas sintéticos porque son ambientalmente menos agresivos y no son tóxicos para organismos superiores y plantas. Debido a las características de este trabajo, no abundaremos en detalles los cuales serán considerados en un documento de próxima presentación.

El desarrollo de los quimioesterilizantes comenzó en 1967 y hoy se conocen más de 200 compuestos, los que se dividen en 2 grupos: antimetabolitos y alquitranes. Los primeros se asemejan a una sustancia que necesita la célula y que el organismo confunde con el verdadero metabolito y trata de incorporarlo en sus procesos normales de desarrollo; como el ajuste químico no es correcto, el proceso metabólico se detiene. Los alquitranes son muy reactivos, pueden destruir células, dañar cromosomas y generar mutaciones. Todos producen esterilidad temporal o permanente en insectos y son muy peligrosos para los mamíferos porque se absorben fácilmente por piel.

Los reguladores de crecimiento constituyen un insecticida parahormonal que actúa por ingestión y contacto. Imita la acción de la Hormona Juvenil (HJ) de los insectos provocando graves perturbaciones en su desarrollo, principalmente en los procesos de morfogénesis (desarrollo de la disposición del organismo), reproducción y embriogénesis (proceso que conduce a la formación del organismo a partir del huevo).   Cuando impacta sobre insectos adultos, los huevos depositados por las hembras no son viables y en larvas y pupas. Se perjudica la reproducción porque se observan malformaciones de los órganos genitales, hembras estériles y disminución de la viabilidad de los huevos.

Presenta una gran especificidad de acción y baja toxicidad. Los mejores resultados se obtienen cuando se aplica sobre insectos neonatos o durante los primeros estadios de larva o de ninfa y su elevada persistencia aumenta la posibilidad de que entre en contacto con el insecto o que sea ingerido por él, característica que lo hace eficaz contra insectos chupadores.

Actúan imitando las hormonas Neotonina y Ecdisona. La primera, también llamada hormona juvenil (HJ), controla las mudas de las larvas e interviene en el desarrollo de ovarios. Manteniendo artificialmente esta hormona, la larva sufre mudas sucesivas y no pasa al próximo estado del ciclo biológico (pupa); su aplicación sobre los huevos impide el desarrollo y eclosión.

La Ecdisona u hormona de la muda, regula las mudas y los pasos a las diferentes fases del ciclo biológico. Este producto tiene amplio espectro por lo tanto afecta a otros insectos e invertebrados.         A continuación se desarrollaron otros productos reguladores del crecimiento (IGR) que producen efectos sobre el desarrollo, la metamorfosis y la diapausa y los modificadores del comportamiento.

A lo largo de este escrito hemos visto como se han ido modificando las características de los plaguicidas respondiendo básicamente a la aparición de procesos de contaminación ambiental, costo del producto, resistencia a los terápicos y toxicidad para fauna y flora benéfica y humanos. En próximos trabajos se presentarán las nuevas opciones y su estado en el combate contra artrópodos dañinos.

 

Lic. M Sc Miguel Ritacco
Investigador Consulto CNEA
sectoragropecuario.com

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