Los números están muy finitos

Llegó el momento de la cosecha y no hay margen para distracciones. No es posible competir sin aplicar tecnologías de altos rindes.

Vengo de pasar el carnaval con amigos que no tienen tiempo para corsos, porque llegó el momento de la cosecha. Y la cosa no está para distracciones. Los números están muy finitos.

“Sólo los grandes rindes hacen rentable a la agricultura”, fue el grito de guerra que instaló el inolvidable Ramón Agrasar cuando trajo Dekalb, hace más de 50 años. Y que ahora renueva la novel Stine, a su manera, con su slogan “tiene rinde”. Hay lotes de maíz donde el monitor acusa rindes puntuales de más de 200 quintales. El promedio nacional rondará los 90.

Pero una cosa era hasta agosto pasado, cuando se planificó la siembra. Y otra muy distinta ahora. En el medio, estuvo el regreso de las retenciones. En el caso de los cereales, como el trigo, el maíz, la cebada y el sorgo, quedaron en el 12%. No parece mucho, planteado en frío. Pero en la mayor parte de los casos implican la captura de casi la totalidad de la renta. Porque si hay rinde, es porque hubo inversión. Y la inversión, en el campo, se llama dólar.

El mayor impacto de las retenciones es que alteran la relación insumo/producto. En criollo: hay un dólar para todo lo que se compra, y otro dólar para todo lo que se vende. La producción agropecuaria sigue siendo clima-dependiente, pero hoy no es posible competir sin aplicar tecnología de altos rindes. Eso significa usar la mejor semilla con la mejor sembradora, el lote más limpio, fertilizar de la mejor manera, controlar los insectos y las enfermedades, cosechar con la máquina y el contratista que nos garanticen la recolección completa y la entrega de un mapa de rendimientos.

Todo eso se paga en dólares contantes y sonantes, de 40 pesos. Pero el maíz y el trigo se cobran con un dólar de 36 pesos. Para un rinde de 100 quintales de maíz, la inversión incluído el arrendamiento es de 800 dólares por hectárea. La ganancia esperada, a la hora de sembrar, era de 200 dólares. Hoy no llega a 100. Sobre eso tendrá que pagar el impuesto a las ganancias. Más el inmobiliario que cobran las provincias. Y la tasa “vial” que pretenden los municipios que en muy contados casos se destinan a su fin específico, que es mantener los caminos.

La soja fue como siempre la más castigada, con derechos de exportación de más del 30%. Sí: uno de cada tres camiones llega al puerto y allí es capturado por las fauces de la Aduana. Con el agravante de que hace unos meses la conducción oficial aumentó los derechos de exportación de los derivados industriales de la soja, la harina y el aceite, extrayendo otros 500 millones de dólares a la cadena. Eso no es lo más grave: lo que asusta es el muy escaso movimiento que se advierte en pre-cosecha, cuando los operadores debieran estar a pleno. La caída de la rentabilidad del crushing se puso de manifiesto en la reunión que la mesa sojera mantuvo, por primera vez, con el presidente Mauricio Macri, quien pidió verificar si era cierto que una tonelada de harina de soja paga más retenciones que el poroto.

En la misma línea de castigo al valor agregado está lo que sucede con algunas especialidades, como el maíz pisingallo. Es un producto que requiere un manejo de alta tecnología, desde la siembra al procesamiento. Argentina lideró hasta ahora el mercado mundial, llegando a vender incluso a los Estados Unidos, rey del pop corn. Pero los contrarios también juegan: hay nuevos actores en el mercado y los precios bajaron, justo cuando acá no solo se le aplican retenciones, sino que se eliminó un pequeño reintegro que garantizaba una rentabilidad mínima.

Hace unos días, el gobernador de Chubut sugirió la idea de aplicar un impuesto al viento. Todos pusieron el grito en el cielo. Parecía un exabrupto. Sin embargo, los productos del agro están pagando un impuesto al sol, la lluvia, la tecnología y todo lo que hacen. No les tocó tampoco, por no ser “regionales”, la quita de cargas sociales.

Pero ahí están, por suerte, sin bajar los brazos. Están las ganas de siempre. Hay movimiento en el banco. Todos sienten que vendrán tiempos mejores. Que hay mucho hilo en el carretel de la tecnología, con los nuevos paradigmas de la agricultura de precisión, los cultivos de servicio, las nuevas semillas. Lo veremos la semana próxima en Expoagro. La vida continúa. También, la esperanza de un cambio.

Clarín

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